- Cuando los directores de arte sacaron la cabeza
Conocer a George Lois, escucharle, oír sus explicaciones sobre cómo y por qué las portadas de la revista Esquire eran como eran y qué supusieron para la propia publicación –entre otras lindezas, pasar de 400.000 ejemplares a 2 millones en una década– fue un auténtico y absoluto privilegio. Ser testigo de cómo alguien que se acerca a los ochenta años puede asombrar y casi agotar a una audiencia cuya media de edad apenas supera la treintena fue otro de los privilegios que vivieron añoche los asistentes a la conferencia de este director de arte americano que se siente orgulloso de su oficio y que dio lustre y caché a su profesión.
Lois venía a España de la mano de la edición española de Esquire y accedió a dar una charla, en las instalaciones del IED en Madrid, a la que el club de creativos convocó a quien quiso a escucharle. Ni defraudó ni aburrió, en una intervención que se acercó a las dos horas y en la que, se notaba, se sentía a sus anchas.
El director de arte americano empezó recordando sus primeros años en la profesión. Eran finales de los 50, sí, la misma época en la que se sitúa la serie Mad Men, pero también la época en la que se forjo la leyenda Bernbach, a quien conoció y con quien trabajó mano a mano en la DDB más exitosa y famosa. Contaba Lois que en aquel momento en DDB, el tandem Paul Rand y Bill Bernbach demostraba cada día que la suma de copy y director de arte podía resultar imbatible. Hasta entonces, el director de arte era una figura de menor importancia en la mayoría de las agencias, menos en DDB y en la que sería muy pronto la primera agencia con el nombre de un director de arte en la puerta: la suya propia, Paper Koenig Lois.
Lois reivindicó el papel del director de arte no sólo en el campo publicitario, también en el editorial. Explicó cómo su éxito en publicidad atrajo la atención del editor de Esquire, Harold Hayes, y cómo éste le pidio consejo. Lois fue muy directo: si quería tener portadas de impacto, notorias y frescas no debía encargárselas a su consejo editorial, sino a un director de arte que supiera mucho de política, de economía, de historia, de arte, y de todo lo que comprende el saber humano. Hayes le pidió como favor que le idease una primera portada y ahí dio comienzo una relación que se prolongaría toda la década de los sesenta.
Sus campañas de publicidad, pero sobre todo sus portadas para la revista Esquire se pueden conocer en su propia página web y también como parte de los fondos permanentes del Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMa).
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